Echándose la capucha de su capa sobre el pelo ensortijado y ajustándola contra el viento, el anciano cabalgó hacia el arenal. Estaba a punto de lanzar el caballo al galope, cuando la bestia se asusté. Que el caballo hubiera puesto los cascos en la arena y no sobre la figura postrada, indicaba que la gracia de Dios estaba con el hombre que yacía allí. El anciano desmonté para examinar aquel botín del mar y descubrió que no eran algas marinas sino sangre lo que oscurecía el pelo del joven. Miró alrededor, temeroso de entrar en un campo de batalla ajeno, pero la neblina y la ventisca de arena le impedían ver a io lejos. El rugido de las olas silenciaba el ruido de cualquiera que compartiera la playa con él.
El anciano se agaché junto al hombre tendido de espaldas en la arena y lo examiné. Una mano ensangrentada todavía sujetaba una daga. La sangre oscurecía el borde de la manga del hombre, sangre de otra persona porque las manchas hacia arriba eran salpicaduras. Una estocada profunda en el vientre o en el pecho podía causar semejante chorro. El hombre canoso pensó que alguien había muerto a manos de aquel hombre. No había sido una victoria fácil; ya se estaba oscureciendo la herida en la garganta del individuo que sangraba en abundancia de una oreja casi arrancada. Curarla estaba por encima de las habilidades de fray Sansón.
Pero, por alguna razón, Dios había cruzado sus caminos aquel día. El caballo llevaría al hombre herido a un lugar seguro. ¿Y el muerto? No había tiempo para buscarlo. Mientras Dafydd o sus ayudantes registraban el arenal y las cuevas, el hombre que estaba ante él podía desangrarse hasta morir, o los amigos del otro podían caer sobre ellos. Y en tal caso era preferible no encontrar a nadie. No. La búsqueda era una pérdida de tiempo. Mejor asistir al vivo hacia el que había sido conducido.
Dafydd gruñé cuando sus piernas sintieron el esfuerzo de levantarse y llamé con un silbido al caballo. Mientras la bestia se acercaba, el hombre de cabellos blancos alabé a Dios porque aquél era un caballo galés bajó y robusto y no el caballo de guerra de un caballero. Volvié a mover el estuche de la lira que colgaba de la silla de montar, se agaché otra vez, encontré el centro de gravedad del hombre herido, lo levanté y lo puso atravesado sobre el caballo. Con las riendas en la mano, el anciano hizo una seña al caballo, y las dos figuras se dirigieron por Whitesands hacia la capilla de San Patricio y por la senda ascendente hacia el peñén de San David. El paso del animal se hizo más espasmédico a medida que subía por las rocas. El hombre herido gimié «Tangwystl»
Ah. De modo que no habían peleado por tesoros pasados de contrabando, sino por el amor de una mujer. Tangwystl. El hombre canoso sonrié y empezé a cantar en voz baja:
El viento sacudió la aliaga y azoté la capa del anciano con furia. Dafydd incliné la cabeza hacia la tempestad, el esfuerzo que hacía para respirar le hizo dejar el canto y entorné los ojos para ver delante de él la huella que seguía. Oyé a los jinetes antes de verlos. Sus seis hombres, con las cabezas bajas sobre las monturas y los ojos semicerrados contra el viento, bajaron haciendo ruido a la playa que Dafydd acababa de abandonar. Se dio la vuelta con asombro. ¿Qué era lo que perseguían? Él los había dejado muy arriba, en Carn Llidi.
Protegiéndose los ojos, Dafydd distinguió tres, no, cuatro jinetes que comenzaban el ascenso desde Whitesands. ¿Acaso iban en persecución del hombre herido? ¿No veían a los hombres de Dafydd que descendían hacia ellos?
Con una plegaria por las almas de aquellos tontos de allá abajo, Dafydd continué subiendo con la carga el promontorio rocoso hacia un conjunto de peñascos que lo protegerían del viento. Sacó un tejido de lino de la bolsa y ío até alrededor de la cabeza del hombre herido para detener la hemorragia. El hombre gimió y temblé como si una oleada de dolor siguiera al vendaje, entonces se quedé quieto. Tan quieto, que Dafydd se incliné para oír su respiracién. Ronca y dificultosa, pero allí estaba. Dios aún no se llevaría a aquel hombre.
No pasé mucho tiempo antes de que reaparecieran los hombres de Dafydd, cabalgando con orgullo. Madog, el cabecilla del grupo, salté de su corcel y corrié hacia delante.
--Señor, ¿estáis herido?
El viento absorbié la respiracién de Dafydd, que negé de forma vehemente con la cabeza.
--Tenemos que cabalgar deprisa.
Madog levanté la cabeza del hombre herido y abrió mucho los ojos cuando vio la sangre que ya empapaba la mitad del vendaje..
--¿Quién es?
¿Quién era? ¿Cémo tenía que llamar Dafydd a aquella alma sangrante que Dios le había confiado?
--Un peregrino.
Las cejas oscuras de Madog se unieron en una mueca de duda, pero no dijo nada.
--Los cuatro que hemos hecho huir --dijo-- vestían el uniforme de Lancaster y Cydweli.
--Mi peregrino tiene enemigos poderosos.
--Mi peregrino tiene enemigos poderosos.
Qué queréis que hagamos?
--Ha perdido mucha sangre. Hagamos que nos crezcan alas para llevarlo volando hasta las manos sabias de fray Sansón. --Dafydd entregó a Madog las riendas de su caballo cargado y cogió la lira de la silla de montar--. Cabalga con el peregrino. Yo montaré tu caballo.
© Candace Robb 1998