El obispo del rey

1

Un cadáver en el foso

Castillo de Windsor, marzo de 1367

El palacio de San Jorge resplandecía con antorchas y lámparas que creaban un firmamento de estrellas en los vidrios de las ventanas del fondo. Las voces de los cortesanos del rey resonaban como contrapunto a la música, las sedas crujían y los pies marcaban el ritmo. Había una exuberancia de aromas: jabalí asado, especias exóticas, ropas y cabellos delicadamente perfumados, cera de abeja derretida, humo, sudor y, de vez en cuando, una ráfaga helada que entraba cuando los asistentes salían a los excusados a aliviar la vejiga hinchada por el vino.

Un recién llegado hizo a un lado con impaciencia a un lord que se tambaleaba y se detuvo, mientras sus sentidos, acostumbrados al oscuro silencio de la nieve que caía fuera, en el patio superior, acusaban el impacto del ruido, el calor y el fulgor humeante de las antorchas que le hicieron toser y parpadear. Mientras se sacudía la nieve de los cabellos castaños, Ned Townley observó los rostros que se alineaban tras las largas mesas, cerca de la puerta, donde los pajes yíos funcionarios menores se aglomeraban sobre la comida. Buscaba un rostro joven que últimamente se había vuelto demasiado conocido. Un rostro que había visto con excesiva frecuencia contemplando a Mary, su prometida.

No tendría que haberlo permitido durante tanto tiempo. Pero las señales de agitación habían sido muy sutiles en Mary. Ceños fruncidos de los que se hacía caso omiso, un aire distraído, lágrimas no explicadas. Cuando Ned comenzó a sospechar y a espiar a Mary, ésta ya tenía con Daniel, un paje de la casa de sir William de Wyndesore, un nivel de confianza que Ned había tardado meses en alcanzar. No los había sorprendido abrazados, Mary era demasiado leal para permitir que las cosas llegaran a tanto sin confesárselo todo. Pero para él resultaba evidente que Mary se daba cuenta de su cambio de actitud y se sentía atormentada por la culpa.

Ned no tenía la menor intención de perder a Mary. Su rival era un mero paje recién llegado de la corte de Dublin. ¿Qué podía saber sobre el amor aquel cachorrito? Ned había conocido los encantos femeninos en muchas tierras y sabía que Mary era la mujer que Dios le había destinado. ¿Hasta qué punto podía ser serio el afecto de aquel muchacho? Ned suponía que no costaría mucho ahuyentarlo. Unas palabras rudas, unas amenazas veladas.

Cuando vio a Daniel, Ned sintió un asomo de duda sobre sus sospechas. Comparado con los soldados que lo rodeaban, el paje era una criatura pálida y delicada. ¿Qué mujer le entregaría el corazón a un muchacho así? Quizás había exagerado la amenaza que representaba aquel muchacho para su felicidad. Pero aquél no era momento para ceder. Tenía que hacer lo que pudiera para asegurarse un futuro feliz con Mary.

Cuadró los hombros y adoptó una expresión amenazadora. Si sus viejos camaradas de armas hubieran estado con él aquella noche, se habrían reído, le habrían dado una palmadita en la espalda y lo habrían llamado tonto enamorado. Pero, detrás de las fachadas burlonas, Owen y Lief lo habrían entendido: ambos estaban embrujados por las mujeres a las que habían conseguido llevar al altar.

Ned no había contado con la solidaridad de los hombres de Wyndesore.

Daniel se miraba los pies; el remordimiento le pesaba en la cabeza y en los hombros. Le habría gustado estar en cualquier otro lugar.

La aflicción del paje se concentró en el hombre alto y apuesto que desdeñosamente había replicado a los soldados de sir William.

--¡No soy tan necio como para atacar a un hombre en presencia de sus amigos! Y menos a un muchacho. --Pero los soldados tenían instrucciones de proteger al paje de su señor y eso harían.

Al levantar la mirada, Daniel vio que el hermoso rostro de su acusador estaba rojo de indignación, y que sus elegantes ropas habían quedado descompuestas por la brusquedad de los hombres. Habría preferido que lo sacaran a él del palacio en lugar de a Ned Townley. Daniel admiraba a Townley, que era todo lo que el paje podía aspirar a ser. Era espía del poderoso tercer hijo del rey, Juan de Gante, duque de Lancaster. Era un guerrero experimentado, famoso por su habilidad con los puñales. Pero no era un bruto, como los hombres de sir William: Townley era un cortesano en vestimenta, modales y habla. Y, con sus gentiles ojos castaños y un ros tro y un cuerpo de proporciones perfectas, a Daniel le parecía el hombre más apuesto que había visto en su vida. Jamás habría querido hacerlo enfadar a sabiendas.

Pero hacía un momento que Townley había informado a Daniel de su involuntaria transgresión. La advertencia había sido tan enérgica que Daniel se sorprendió. Townley lo había agarrado por el cuello de la túnica y lo había levantado en vilo.

--Voy a clavarte contra los tapices si sigues con tus atenciones hacia mi prometida.

--¿Tu prometida? --gimió Daniel.

--Mary, la criada de la señora Perrers.

--¡No! ¡Por favor! --gritó Daniel, esperando que lo bajara al nuvel del suelo para poder explicar que sus sentimientos hacia Mary eran sólo fratemales. Pero su exclamación atrajo la atención de los matones de sir William, que en aquel momento sacaban a Townley del palacio.

--No va a volver a molestarte, Daniel. Quédate tranquilo

--dijo Scoggins mientras llenaba de cerveza lajarra del muchacho. Este levantó lajarra hacia Scoggins y asintió; los dos bebieron.

Era el gesto que Scoggins esperaba, por eso lo hizo Daniel. Pero no se sentía agradecido en absoluto. Si Scoggins no se hubiera metido donde no lo llamaban, Townley habría dado unos golpes en la mesa y habría amenazado con colgar a Daniel de las vigas, pero luego se habría perdido en la noche, satisfecho de haberle dado un buen susto. Y a la mañana siguiente Townley comprendería que Daniel había aprendido la lección y se mantendría alejado de Mary, así todo quedaría perdonado y olvidado. Pero evidentemente Scoggins se sentía obligado por su honor a proteger al paje de su señor.

En realidad, Ned Townley tenía motivos más que suficientes para enfadarse. Daniel se había comportado como un tonto, en aquel momento se daba cuenta de que sus atenciones hacia Mary habían sido malinterpretadas. No sabía que Townley era el Ned del que Mary hablaba sin parar. Ni una sola vez había mencionado el hecho de que su amor era el espía de Lancaster. Ni una vez había mencionado su notable habilidad con los puñales. Había hablado sólo de Ned, «el hermoso Ned», «el tierno Ned», «Ned, alto, fuerte y hermoso». Un ser fabuloso. No el espía del duque de Lancaster.

Daniel bebió la cerveza, puso a un lado la jarra y escuchó sin mucho entusiasmo las conversaciones que tenían lugar a su alrededor, todas las cuales trataban del hecho de que su señor, sir William de Wyndesore, había estado con el rey aquel mismo día. Se decía que sir William osadamente había echado la culpa de los conflictos en Irlanda al mal juicio del duque de Clarence. Algunos decían que el rey se había enfadado: Sir William sería desterrado a la frontera con Escocia. Otros decían que el rey sabía que no se podía confiar en su hijo Lionel, duque (le Clarence: sir William sería nombrado marqués y enviado a proteger la frontera con Escocia.

Daniel aguzó el oído. Castigo o recompensa, en lo que todos estaban de acuerdo era en la probabilidad de ir hacia el norte, a la zona de la frontera. Se puso de buen humor. Eso significaba que pronto estarían lejos del castillo de Windsor y de su humillación. Con ademán distraído estiró el brazo para coger la jarra y recordó que la había vaciado, pero la encontró llena otra vez. ¿Se había imaginado haberla vaciado? No importaba. Bebió un trago. Le empezaba a doler la cabeza, así que bebió otro trago. Y otro. Entonces alguien volvió a llenarle la jarra, riendo ante las protestas que Daniel balbuceaba.

--Vamos muchacho, bebe. Scoggins te salvó el pellejo. Bebe a su salud.

Daniel recordó la nieve que había comenzado a caer antes de la comida de la tarde. El camino desde el palacio hasta el alojamiento de sir William era largo y traicionero. Ya temía el momento de ponerse en pie. ¿Qué haría para avanzar por la nieve?

--¡Levanta esa jarra, muchacho, y bébetela toda! --Una cara flotó ante sus ojos, pero Daniel estaba demasiado ebrio para saber de quién se trataba. Parpadeó para enfocar mejor. ¿Cuántas veces le habían llenado la jarra? Sacudió la cabeza para aclarársela y sintió la bilis que le subía del estómago. Ay, Señor, iba a pasar vergüenza otra vez aquella noche. Estaba maldito, sin duda.

El duro invierno persistía a pesar de que ya era marzo. Al hermano Michaelo la nieve caída durante la noche anterior le parecía algo hermoso de contemplar a aquella hora temprana, cuando el blanco prístino de los montículos y los parapetos del interior del castillo de Windsor no había sido hollado, pero, bajo las pisadas, el lodo se hacía muy traicionero con la nieve. Anduvo con cuidado, con todo el cuerpo inclinado hacia dehnte, concentrado en sus botas y en el borde del hábito. Quería llegar seco y con aspecto presentable a los aposentos del arzobispo Thoresby.

No porque importara: Michaelo no trataría con cortesanos aquel día. Permanecería inclinado sobre un escritorio preparando cartas del arzobispo para los abades de Fountains y Rievaulx, cartas en las que se recomendaba a Guillermo de Wykeham para el obispado de Winchester. Una tarea deprimente ya que si el rey hacía confirmar el nombramiento, Wykeham quedaría en una buena posición para reemplazar al arzobispo Thoresby como lord canciller. Espantosa idea. No porque no fuera un honor ser secretario del arzobispo de York, sino porque un arzobispo no tiene tantas obligaciones en Londres como un canciller. Michaelo suspiró ante la perspectiva de pasar más tiempo en York. El prefería a Thoresby en su doble papel. Si el invierno parecía interminable allí, en el norte era mucho peor. Su única esperanza de salvarse de un futuro tan sombrío era que, a pesar de las cartas que con tanto entusiasmo recomendaban a Wykeham para el obispado, el papa se mantuviera firme en su determinación de hacer de Wykeham la primera baja en su guerra contra la multiplicidad de cargos de los sacerdotes. El papa Urbano creía que la práctica de conceder al cleero cargos y beneficios múltiples, daba como resultado parroquias descuidadas y un clero mimado que prestaba más atención a las deudas contraídas con sus benefactores que a sus responsabilidades ante su grey. Su santidad se refería a Guillermo de Wykeham como el clérigo con varios cargos más rico de Inglaterra. Lo que al parecer era cierto.

Un grito que sonó al otro lado de la Torre Redonda arrancó a Michaelo de sus pensamientos. Se enderezó bruscamente, trastabilló y recuperó el equilibrio. Tres hombres armados corrían hacia el lugar de la conmoción. El hombre que había dado la voz de alarma estaba sobre la zanja que bordeaba el montículo sobre el que se alzaba la torre. La nieve que cubría la empinada pendiente estaba señalada, como si algo se hubiera deslizado por ella. La curiosidad hizo avanzar a Michaelo a paso vivo.

Cuando estuvo a unos tres metros de lo que ya era una pequeña multitud, Michaelo vio a tres hombres que levantaban un cuerpo de la zanja. La forma sin vida chorreaba hielo, agua y mugre. Las intensas lluvias habían llenado la zanja, convirtiéndola en un pequeño foso, y el frío la había cubierto de hielo. Pobre criatura, habría resbalado, habría caído en el agua helada y se habría ahogado, aturdida por el frío, antes de poder reaccionar y salir. Pero ¿cómo había llegado al promontorio?

Uno de los hombres levantó del barro lo que parecía una capa, la olió y se la pasó a su compañero.

--¿Quieres oler esto, por favor?

Su compañero la olió y la apartó de sí.

--¡Puff! Me gusta más dentro de una jarra que empapando la lana. ¿Qué hizo este muchacho? ¿Se zambulló en el barril?

--Se llenó la barriga y después habrá querido patinar, digo yo.

Ah. Michaelo entendió la señal de la nieve. Resbaló y cayó por el montículo, sin poder detenerse; una imagen que muchas madres habían repetido para sus hijos traviesos, advirtiéndoles del peligro.

--¿Quién es? --preguntó Michaelo.

--Daniel. El paje de sir William de Wyndesore.

--¿Estáis seguros? --Michaelo conocía a Daniel. Un mucha cho amable, de rostro muy dulce.

--A mí me parece que es Daniel --dijo el hombre.

Michaelo se acercó más, cortando camino a través del lodo sin pensar ya en sus botas. El muchacho yacía en el suelo, con los ojos muy abiertos, el cabello apelmazado de barro y los brazos extendidos. Al agacharse junto al cuerpo para apartarle los cabellos pegados a la cara, Michaelo notó algo que no era normal en un ahogado: señales rojas en las muñecas, apenas visibles por debajo de las mangas de la túnica del muchacho. Michaelo quiso levantarle una manga para ver mejor, pero se contuvo. Le apartó los cabellos y con suavidad le cerró los párpados.

--¿Qué? ¿Es Daniel? --El hombre sostenía la capa lo más lejos posible.

Michaelo se incorporó e hizo la señal de la cruz por encima del cuerpo.

--Sí. Sí, pobre muchacho. --Se fue deprisa sin decir una palabra sobre las muñecas de Daniel. Mejor hablar de ello con alguien en quien pudiera confiar.

Sir William de Wyndesore dio instrucciones a sus sirvientes para que dejaran el cuerpo del muchacho cubierto y alejaran a los curiosos. Luego salió a hablar con sus hombres. Maldijo entre dientes cuando el pálido sol invernal le irritó los ojos y el viento extendió sus dedos helados alrededor de sus huesos. Wyndesore era un guerrero rudo, aguerrido y corpulento, pero ya no era joven; se había despertado sintiendo la cabeza varias veces mayor que su tamaño normal gracias a un delicioso aguardiente ingerido la noche anterior, y su despertar había sido súbito y desagradable, pues sus sirvientes estaban desolados con la novedad de que Daniel se había ahogado. Sus hombres estaban reunidos en el patio, algunos dando saltitos para calentarse; otros restregándose los ojos, pero muchos frunciendo el entrecejo, con expresión feroz, y preguntando por Ned Townley.

--¿Quién? --preguntó Wyndesore a su escudero.

Alan se inclinó hacia él.

--Ned Townley. Es un espía de Lancaster al que han dejado aquí para que haga de oídos del duque mientras él pelea en Castilla, según dicen.

--¿Ah,sí? ¿Y cuál es su pecado, además de ser espía de Lancaster?

--No lo sé. Pero anoche vi a Scoggins con él.

Wyndesore se incorporó, escudriñó entre sus hombres e identificó a Scoggins, ceñudo como el que mas.

--Bien, Scoggins, ¿qué hizo ese Townley?

--Mató a Daniel, eso es lo que hizo, milord. --Los hombres murmuraron, aprobando la explicación de Scoggins, y sus voces resonaron en las paredes de piedra que los rodeaban.

--¿Tú presenciaste el hecho?

Scoggins escupió en el barro y negó con la cabeza.

--No, señor. Pero anoche los vi discutiendo por una de las criadas de la señora Perrers, la pequeña Mary. Y Townley le dijo a Daniel que lo clavaría en la pared con sus puñales si volvía a verlo rondando a Mary otra vez. Eso es lo que dijo, y eso puedo jurarlo, mi senor. Llamé a algunos hombres para que lo sacaran de palacio. Habrá vuelto y esperado a: muchacho fuera.

Wyndesore cerró los ojos.

--¿Y Daniel fue apuñalado? --Scoggins era chismoso y camorrista, pero era un buen luchador, y leal. Con una lealtad feroz--. ¿Eh, Scoggins?

El hombre se encogió de hombros.

--Yo no vi el cuerpo, mi senor.

Wyndesore miró a su alrededor.

--¿Quién lo vio? ¿Quién lo encontró?

--Uno de los guardias del rey --susurró Alan-- Pero Bardolph y Crofter ayudaron a sacarlo de la zanja.

--iCrofter!

Un hombre rubio y de mandíbula cuadrada dio un paso adelante.

--No vi heridas de cuchillo, señor. El muchacho se ahogó, eso es seguro.

Wyndesore asintió.

--Entonces basta de tonterías con Townley.

--¿Quién sabe si Townley no cambió de idea y lo hizo parecer como un accidente, mi señor? ¿Quién lo sabe? --El tono de Crofter era casual, no persuasivo.

Wyndesore frunció el entrecejo.

--Aténte a los hechos, Crofter.

Crofter balanceó la cabeza en un ademán de benévola deferencía.

--Se ahogó, mi señor.

--Gracias.

Pero Crofter no había terminado.

--Con su permiso, mi señor. La capa de Daniel apestaba a cerveza. Tiene que habérsela derramado por encima. Supongo que estaba demasiado borracho para saber lo que hacía, mi senor.

Wyndesore se volvió a Scoggins.

--¿Daniel estaba borracho cuando salió de la casa?

Scoggins se encogió de hombros y se miró las botas.

--Un poco, mí senor.

--No estaba acostumbrado a beber mucho, Scoggins. ¿Tú lo alentaste?

Scoggins miró a su señor a la cara.

--Sí, lo hice, mi señor, y mucha penitencia he de hacer por ello.

--Tú también bebías, entonces.

--Sí, mi señor.

--¿Alguien se ofreció a ayudar al joven Daniel a volver a su cama?

--Yo no lo vi irse, mi señor.

--¿Estabas demasiado borracho?

--Sí, mi señor.

Wyndesore se protegió los ojos de la luz del sol para mirar a sus hombres.

--Id a cumplir con vuestras obligaciones. Tendréis ocasión de rezar por Daniel en la misa de mañana. --Giró sobre sus talones, volvió adentro y ordenó a gritos a Alan que fuera a despertar a la señora Alice Perrers.

--¿Y Ned Townley, mi señor?

--¡Primero a la señora Perrers, mierda!

Alan salió de prisa.

* * *

Juan Thoresby paseaba por su habitación esperando a su secretario. El retraso de Michaelo era particularmente irritante aquella mañana. Thoresby había encontrado el modo de conciliar la petición del rey con sus propios intereses y deseaba terminar la tarea. ¿Dónde estaba su secretario? ¿Contemplándose en el espejo?

Cuando por fin llegó, Michaelo estaba sin aliento, con la cara roja y, para gran sorpresa de Thoresby, llevaba el borde del hábito embarrado.

--Dónde estabas?

--Ilustrísima, ha habido un terrible... --Michaelo se sentó frente al escritorio, se secó la cara con un paño, cerró los ojos y suspiró hondo.

--¿Un terrible qué, Michaelo? Estás temblando como una hoja seca.

Su secretario asintió con la cabeza y se secó el labio superior.

--¡Michaelo!

--Perdonadme, ilustrísima. Quería recuperar el aliento... Son las señales, ilustrísima, Y la capa. Estaba flotando en el foso, no en un barril de cerveza. ¿Cómo puede alguien derramar tanta cerveza como para empapar to(la una capa? Más extraño aún, ¿estuvo bebiendo con la capa puesta? --Michaelo inclinó la cabeza, se llevó el paño a una sien y luego a la otra.

El arzobispo observó a su secretario, inusitadamentedesarre glado y balbuceante.

--¿Qué te pasa esta mañana? ¿Tienes uno de tus habituales dolores de cabeza?

Michaelo levantó lentamente la cabeza, frunció el entrecejo y miró a Thoresby, como intrigado.

--No, ilustrísima. Venía hacia aquí cuando lo encontraron y lo sacaron de la zanja.

--¿A quién sacaron de qué zanja?

--¿No os lo he dicho? Os ruego que me perdonéis, ilustrísima. A Daniel. El paje de sir William de Wyndesore. Cerca de la Torre Redonda. Ahogado, ilustrísima. O peor.

--¿Peor? Ahogarse es algo bastante definitivo, diría yo. ¿Qué puede ser peor?

Michaelo juntó las cejas.

--No dije nada a los hombres que lo encontraron. No quise hacer un mundo de nada. Pero tenía unas señales en las muñecas. Como si hubiera tenido las manos atadas, ilustrísima.

Esto podía resultar problemático. Pero era la identidad de la víctima lo que hizo sonar la alarma en la cabeza de Thoresby. Su secretario tenía cierta debilidad por los mancebos hermosos.

--Daniel. Un joven muy bello, si no me equivoco. ¿No habrás estado otra vez rompiendo tus votos, Michaelo?

La pregunta pareció despejar la cabeza de Michaelo. Se incorporó en la silla, súbitamente alerta.

--Ilustrísima! Sólo pasaba por allí.

--Eso no lo dudo, Michaelo, pero tu agitación sugiere que había habido algo.

A Michaelo se le movieron las ventanas de la nariz.

--Mantuve las distancias como siempre, ilustrísima.

Deo gratias. Thoresby disimuló una sonrisa al ver a Michaelo que adelantaba la barbilla, con la espalda rígida de indignación, levantaba la pluma y se quedaba inmóvil, con el instrumento casi tocando el pergamino.

--¿Comenzamos, ilustrísima?

Los sentimientos heridos de su secretario tranquilizaron a Thoresby.

--Así es. Ya sé cómo afrontar las cartas que nos ha pedido el rey.

Era una cuestión de énfasis, pensó Thoresby. Alabar aquellos aspectos del servicio de Wykeham que menos aprobaban los abades cistercienses. A saber, que en su puesto anterior como maestro de construcciones y en el de entonces como guardián del Sello Real, el rey lo encontraba indispensable; con ello se hacía hincapié en las lealtades mundanas de Wykeham. El rey no podía negarlo, ni podía negar que Thoresby pronunciaba aquellas palabras como alabanza. Thoresby sonrió para sí mientras comenzaba a dictarle a Michaelo.

Ataviada casi con demasiada elegancia para dar un paseo matutino, con los cabellos castaños cuidadosamente peinados debajo de un velo de gasa, Alice Perrers franqueó la Puerta Normanda desde el patio superior; su cuerpo tembloroso iba envuelto en una capa con bordes de piel. Era demasiado temprano para estar al aire libre; la sangre todavía no se hab ia calentado en las extremidades. Su paje se daba prisa detrás de ella llevando una copa y una jarra de vino aguado, con algunas especias. Alice se despertaba como correspondía, con su usual refrigerio matutino, sin que importara a quién hubieran encontrado flotando en el foso. Después de ver a sir William debía volver a los aposentos de la reina convaleciente y atenderla- No habría tiempo para ocuparse de sus propias necesidades. Claro que no se quejaba de sus deberes con la reina Filipa. Alice debía su posición al afecto de la anciana reina. Pero también tenía que ocuparse de sí misma, nadie más lo haría. Tenía diecinueve años y pronto, si no cuidaba su salud, perdería la frescura de la juventud que tanto había fascinado al rey. No se hacía ilusiones: no era ninguna belleza. Su poder radicaba en su juventud, un cuerpo bien formado, su comprensión de los deseos de los hombres y su astuta ambición.

A la puerta de los aposentos de sir William de Wyndesore Alice se volvió, con las cejas levantadas.

-- Gilbert?

El criado se adelaritó sosteniendo en la misma mano la copa y la jarra, y llamó con Fuerza. Había aprendido que si trataba de protegerse los nudillos, su señora se ponía de muy mal humor.

Cuando la puerta se abrió, Alice pasó junto a Gilbert y entró en un recibidor cómodo, aunque austero, evidentemente amueblado por un militar: dos sillas de respaldo alto, dos mesas haciendo juego y un aparador. Las sillas estaban colocadas frente a un gran brasero que irradiaba un agradable calor desde su oscuro rincón. Sir William ocupaba una de las sillas, con los pies estirados hacia el fuego. Levantó la mirada con indolencia e hizo una inclinación de cabeza. Era un hombre apuesto, más de veinte años mayor que Alice, y seguía siendo físicamente fuerte, con un espléndido pelo oscuro en el que se veían algunas hebras plateadas, pero aún era abundante. «Es típico de él no ponerse de pie», pensó Alice. Cuando servía con el duque de Clarence, en Irlanda, ¿se habría comportado con tanta insolencia? Una pregunta interesante. Tendría que averiguarlo.

--Sir William.

Wyndesore señaló la otra silla con un ademán. La mujer se sentó recogiendo la falda con aire majestuoso. Un sirviente se apresuró a acercarle una mesita. Gilbert se aproximó y sirvió el vino.

--¿Lleváis vuestro refrigerio con vos? ¿Como una precaución?

--Wyndesore sonrío.

--Tengo una sed muy especial a primera hora de la mañana y, según la conclusión a la que llegamos anoche... --alzó la mirada y sonrió con afectación --mi bodega es excelente. --Alice levantó la jarra, como brindando, y bebió.

Wyndesore la miró con cara divertida.

--La mascota mimada del rey.

Alice se erizó.

--No soy una mascota.

Wyndesore se llevó la mano al corazón e inclinó la cabeza.

--Perdonadme, señora Alice. Tengo los modales torpes del soldado.

Alice no prestó atención a esta falsa disculpa.

Wyndesore parecía aburrirse con aquel juego.

--Bien. ¿Está Ned Townley enamorado de vuestra criada, Mary?

Alice pasó un dedo, con gesto abstraído, por el borde de lajarra.

--¿A qué viene la pregunta?

--¿Os habéis enterado de lo de mi paje?

Alice puso cara de pena.

--Pobre Daniel. Haber resbalado. Todo el mundo esperaba un accidente así, pero de una criatura, no de un hombre. --Levantó muy despacio los ojos--. ¿Por qué mencionáis a Ned?

--Tal vez no haya sido un accidente. Anoche Ned Townley amenazó a Daniel por haber estado con Mary. ¿Cortejaba Daniel a vuestra criada?

--¡Sir William! ¿Habéis estado haciendo caso de habladurías?

Wyndesore se inclinó hacia delante, impaciente por la burla de Alice.

--¿Lo hacia?

A1ice frunció los labios y entrelazó las manos como

--Ultimamente, la verdad es que Daniel estaba un poco pesado, eso no puedo negarlo, aunque no me gusta hablar mal de los muertos. Pero no cortejaba a Mary. Era evidente que ésas no eran sus intenciones.

Wyndesore arrugó la nariz.

--¿Por qué otra razón pasa un hombre tanto tiempo junto a una mujer bonita?

Ahce simuló sorpresa ante el comentario.

--¿No puede ser amiga por ser bonita? --Inclinó la cabeza a un lado y chasqueó la lengua como

Wyndesore rió.

Ahce bebió un sorbo de vino, otra vez sería.

--¿En qué pensáis?

Wyndesore echó atrás los pies y chasqueó los dedos para que le sirvieran una jarra de cerveza.

--Lo que estoy pensando no interesa. Es por mis hombres. Ellos creen que Townley mató a Daniel. --Bebió un largo trago, observando a Alice por encima del borde de sujarra.

Alice negó con la cabeza.

--Ned no hizo eso. Yo lo avalo, y Mary también. Estaba con ella anoche cuando yo me fui a la cama, y recordaréis que fue bastante tarde. --Alice suspiró. Mary era una criatura bonita. Alice tenía planes para ella, planes que no incluían a un don nadie como Ned Townley--. Tengo pocas esperanzas de que Mary conserve la virginidad.

Wyndesore sonrió.

--Nunca hubo esperanzas, señora Alice. ¿Una muchacha bonita en la corte? Vamos. --Wyndesore bebió su cerveza, cogió un paño de su manga y se limpió la boca como un caballero. Modales de soldado, caramba--. Bien, vuestra palabra es suficiente para mi, pero mis hombres no estarán de acuerdo. Le tenían cariño al muchacho, era una especie de mascota, supongo. Están enfadados porque ha muerto, quieren sangre, y Townley es un hombre al que odian por sus ropas elegantes y sus fanfarronadas con los puñales.

--Wyndesore rió ante su ingenio.

Alice sonrió cortésmente. Wyndesore era guapo y poderoso, pero no era ningún genio.

--También lo odian porque es el espía de Lancaster. El pueblo no quiere al duque. --Gilbert volvió a llenar la jarra de Ahce. Ella aprovechó la interrupción para considerar la situación--. ¿Sabrá Ned que está en peligro?

--No os quepa duda de que lo sabe. Advertiré a mis hombres de que, si algo le sucede a Townley, ellos sufrirán las consecuencias. Pero sería mejor que se alejara de aquí.

--Esos no eran los planes que el duque tenía para él --dijo Alice.

El duque de Lancaster había dejado a Ned en la corte, mientras él peleaba en España, para pulir sus modales y su habilidad para escribir cartas informando al duque de las novedades de la corte.

--¡Al demonio con el duque! --rugió Wyndesore.

Alice se encogió. Wyndesore debería cuidarse. En Irlanda había sido el segundo al mando, suficientemente importante para poder ofender. Pero allí, en la corte del rey, era insignificante. Y muchos consideraban que había traicionado a su señor con el rey. Los hombres ni respetaban ni confiaban en tales oportunistas. Wyndesore debía andar con cuidado.

--¿Cómo está el rey? --preguntó Wyndesore, cambiando de tema.

Alice frunció el entrecejo y miró a los sirvientes de Wyndesore. La suya era también una posición precaria en la corte. Como amante del rey, éste la colmaba de regalos, y gozaba de algo de poder. Pero si llegara a cansarse de ella, o, más probablemente, considerando su edad, si se muriera,.. Alice procuraba ser discreta. Confiaba en sus sirvientes, pero ¿qué sabía ella de los hombres de Wyndesore? ¿Con qué cuidado elegía él a los que lo rodeaban? Por supuesto que aquellos hombres no tenían razón alguna para ser leales a ella.

Wyndesore chasqueó los dedos, despidiendo a sus sirvientes.

--¿Y?

Alice se encogió de hombros.

--En este momento escupe veneno hacia el papa Urbano.

--Wykeham todavía no es obispo, lo sé.

--Thomas Cobham ha regresado de Aviñón con la noticia de que a su santidad le placerá permitir que Wykeham gestione las temporalidades del obispado de Winchester hasta que se nombre a su sucesor. Os imaginaréis lo rojas que están las orejas de Cobham. El pobre hombre no dejó de temblar cuando estuvo en presencia del rey. Y estaba mucho peor antes de retirarse.

--Wykeham parece un hombre adecuado. No entiendo la resistencia del papa.

--Todo esto no es más que un modo conveniente para que su santidad haga alarde de su poder sobre el rey. Dos viejos pegándose con escobascomo

Ambos sonrieron.

Irritado con las miradas hostiles que lo rodeaban, Ned fue en busca del oído comprensivo de Mary. Ella sabía dónde había estado él la noche anterior, ella más que nadie se levantaría en justa indignación por él. La encontró sentada junto a una ventana alta en la sala de la señora Alice, pasando perlas de uno de los hermosos vestidos de su señora a otro. Mary era una muchacha preciosa con una nube de cabellos suavemente ondulados de un negro intenso, un rostro de tan dulce inocencia que Ned se había asombrado ante la pasión con que había respondido a sus besos desde el principio, y la cintura más estrecha que él había tenido jamás el placer de rodear con sus brazos. Mary era dueña absoluta del corazón de Ned. Él no volvería nunca a burlarse de su amigo Owen Archer por su devoción hacia su esposa. Ahora Ned lo comprendía.

Mary alzó la mirada hacia Ned y éste vio los ojos enrojecidos de quien ha llorado mucho. La mujer aspiró el aire por la nariz. Sus celestiales ojos de color aveilana se llenaron de lágrimas.

Ned cayó de rodillas ante ella, desolado.

--¡Ay, mi dulce Mary, no llores por mí! Esas acusaciones injustas no me afectan.

Mary dejó a un lado el bordado para sonarse la nariz.

--Permiteme que te traiga un poco de vino --dijo Ned.

Mary negó con la cabeza.

--No. Tengo que terminar mi trabajocomo El vino hará que me pinche y voy a manchar los vestidos. No lo sugerirías si alguna vez hubieras tenido que quitar manchas de sangre de una tela delicada.

Siempre práctica, su Mary. Cielo santo, cuánto la quería. Ned le cogió las manos.

Mary las retiró.

--¿Qué pasa? --Ned se sentó sobre los talones, conftíndido--como ¿Rechazas mi consuelo?

--Ay, Ned. Fueron tus estúpidos celos los que causaron esto, tú sabes que es así. Daniel nunca habría bebido tanto si no lo hubieras amenazado. ¿Por qué lo hiciste? No había ninguna necesídad. Ninguna necesidad. Te lo dije, te había jurado que no tenias motivos para estar celoso. Daniel era bueno conmigo, eso era todo. Era mi amigo. --Mary se sonó la nariz, y sollozo.

¿Culpa suya?

--Bueno contigo, eso era todo ,¿verdad ? ¿Por qué? ¿Por qué el paje de sir William de Wyndesore era tan bueno con la criada de la señora Alice Perrers?

Mary se ruborizó. Los ojos le relampaguearon de ira.

--Ah, claro. La insignificante criada de la señora Alice no podía ser considerada una amiga por el apuesto paje de sir William de Wyndesore.

--¿En qué sentido era amigo tuyo, Mary? No puedo imaginarme ninguna razón para que el paje de sir William y la criada de la señora Alice se conocieran siquiera.

Mary abrió la boca.

--¿Incluso muerto desconfías de él? ¡Qué vergúenza, Ned, qué vergüenza! --Se levantó y corrió hacia la puerta.

Ned gimió, corrió tras ella y la cogió por el codo.

--Por lo que más quieras, Mary, vamos a ser marido y mujer. Tendrías que estar consolándome como víctima que soy de rumores infundados, no acusándome de algo que tú sabes perfectamente bien que no hice.

Mary permanecía obstinadamente de espaldas a él, mirando el suelo. Ned oyó que contenía la respiración y supo que estaba llorando otra vez. ¿Por un amigo? ¡ Sería un tonto si creía eso! Le soltó el brazo.

--Perdonadme, señora Mary. He malentendido la situación. Creí que vos me queríais, pero ahora veo mi error. --Salió de la habitación perseguido por los sollozos de Mary. Al diablo con ella, si podía ser tan necia. Todo era culpa de la señora Perrers, estaba seguro. Ella no lo quería, tenía otros planes para Mary, sin duda. El tenía que encontrar la manera de liberar a Mary del servicio de aquella puta. Ojalá Owen Archer no estuviera tan lejos, en York. A Ned le habría gustado consultarle sobre esto.

El obispo del rey

© Candace Robb 1998